ORACIÓN del DIRIGENTE
Señor, Tú me has llamado para ser dirigente sin tener en cuenta mi flaqueza, sin tener en cuenta mi miseria, a pesar de ella; mejor aún por ella, para que resplandezca vigorosa, invencible, oh Cristo, en mí, tu fuerza.
Señor, yo no alcanzo a comprender bien del todo, lo que tu llamada significa. Me entusiasma, me arrastra, me enamora. Y al mismo tiempo, me asusta, me dan ganas de huir, corriendo lejos, donde tu voz no llegue a mis oídos.
Yo no lo entiendo. Es un contrasentido. Cuando oigo hablar de Tí, de sacrificio, siento que me estremezco todo entero y estoy vibrando de ansias de sufrir y no me aterra nada, ni el martirio...
Pero luego, en lo diario, en esa lenta inmolación de cada hora y de cada minuto... ¡Qué mezquindad, Señor! Como si esa no fuera justamente MI CRUZ, la que Tú has elegido, oh Cristo, para mí...
Señor, haz que comprenda que esa nota que escribo, y ese artículo, y ese llamado telefónico, y esa sonrisa de saludo... Señor, que me dé cuenta que todo eso es la "Cruz" y es redención porque está unido a tu gran Obra Redentora; o mejor que es sólo uno, que es el mismo: el Gran Trabajo Tuyo y éste mío.
Señor, y no permitas que jamás caiga en la tentación del desaliento. Tú bien sabes, Tú me conoces, con la desesperación que busco el éxito. Que me convenza de que si un fracaso (aparente, sin duda) fue el simple resultado de tu gigante esfuerzo, desde Belén, siguiendo, hasta el Calvario.... Entonces, ¿no es acaso bien lógico, bien claro, que también mis esfuerzos, mis trabajos, con frecuencia se vean reducidos a un doloroso y bienhechor trabajo?
Dame, te ruego la convicción de que no soy indispensable, sino simple instrumento. Que tan pronto esté aquí, o en otra parte, lo que importa es mi entrega, es el dejarte obrar, oh Cristo, en mí sin estorbarte. Falta algo más, Señor, y ya termino: Te pido que me libres de mí mismo: ¡Líbrame de mi orgullo y mi egoísmo! Haz que sólo por Ti trabaje y sufra, que llegue a amar la indiferencia y el olvido, que yo desaparezca y que Tú crezcas.
Señor, a pesar mío, que por las almas viva y me consuma, que por tu gloria me desgaste y sea como el grano escondido, que es fecundo cuando muere en el fondo de la tierra. Amén.
P. Gabriel Calvo.















